De semblante imperturbable, el experimentado Messi proyecta su joven figura con prodigiosa serenidad. Habitualmente sus movimientos se rebajan mansamente (por efecto del adoctrinamiento y la costumbre) al compás de sus colegas, para luego arremeter, como un sueño reiterativo, con matemática imprevisibilidad.
Sus detractores (siempre los hay) esgrimen, no sin fundamentos, que aún no ha destacado su desempeño en la selección argentina; que no ha sido capaz de cargarse el equipo al lomo; que su valía depende irremediablemente del funcionamiento superlativo del conjunto del cual es parte.
Nada más cierto, nada más injusto con su esencia. Lionel Messi es un producto estrella de la Globalización. Su No-Ser exige pertenencia, descree de lo individual. No desea ser idolatrado (o distanciado) sino fundido en la algarabía de lo indiferenciado. Su desmesurado talento, forjado en lo colectivo, repudia la gloria unívoca.


